“Y si sí”

Hay una frase que me gusta mucho porque explica mejor a México que cualquier encuesta, cualquier discurso o cualquier libro de historia.
La escuché durante toda la semana previa al partido contra Inglaterra. La repetían quienes saben de fútbol y quienes apenas distinguen un fuera de lugar. La decían en la oficina, en la tienda, en el taxi, en la comida familiar. No importaban los antecedentes, las estadísticas ni las decepciones acumuladas durante décadas.
Siempre aparecía alguien que sonreía y decía: “¿Y si sí?”
Al final no ocurrió. Perdimos 3-2. Nos quedamos otra vez con ese nudo en la garganta que sólo el fútbol sabe provocar. Durante unos minutos hubo silencio. Después vinieron las críticas, los análisis, los culpables de siempre y las explicaciones de siempre.
Pero yo me quedo con otra cosa.
Me quedo con esos días en los que un país entero decidió creer.
Porque esa frase no habla de fútbol.
Habla de nosotros.
Creo que los mexicanos vivimos impulsados por un permanente “¿y si sí?”. Es una especie de rebeldía contra la realidad.
Sabemos que el camino es complicado, que muchas veces las probabilidades no están de nuestro lado, que hemos tropezado más veces de las que podemos contar… y aun así nos levantamos convencidos de que esta vez puede ser diferente.
Es el padre que trabaja doce horas pensando que su hijo tendrá una vida mejor.
Es la madre que pone un pequeño negocio con la esperanza de que algún día crezca.
Es el joven que presenta una entrevista de trabajo creyendo que ahora sí llegará la oportunidad.
Es quien compra un terreno poco a poco, quien construye una casa por etapas, quien estudia por las noches después de trabajar todo el día.
Todos, de alguna manera, vivimos diciendo: “¿Y si sí?”
Sin esa esperanza este país ya se habría rendido hace mucho tiempo.
Y por eso pienso que, mientras nos acercamos al 2027, hay una palabra que debería volver a aparecer en nuestras conversaciones.
Esperanza.
No una esperanza ingenua. No la que promete milagros ni soluciones mágicas. Tampoco la esperanza que se alimenta únicamente de campañas publicitarias.
Hablo de una esperanza mucho más profunda.
La esperanza de volver a creer que nuestra calle puede estar mejor.
Que nuestra colonia puede recuperar la tranquilidad.
Que nuestra ciudad puede crecer sin dejar a nadie atrás.
Que las decisiones públicas pueden volver a tener rostro humano.
Que todavía existen personas capaces de servir antes que servirse.
En política solemos discutir proyectos, partidos, colores, estrategias y candidaturas.
Todo eso importa. Pero antes de cualquier elección existe algo mucho más poderoso: el estado de ánimo de una sociedad.
Los pueblos no votan únicamente con la razón.
También votan con la emoción.
Y pocas emociones mueven tanto como la esperanza.
Por eso me preocupa cuando la conversación pública se llena únicamente de enojo. Porque el enojo puede ganar una elección, pero difícilmente construye una comunidad.
La esperanza, en cambio, hace que la gente participe, cuide, proponga, vuelva a confiar y vuelva a salir de casa creyendo que vale la pena involucrarse.
Quizá eso fue lo más bonito que nos dejó este Mundial.
No el resultado.
Sino esos días en los que millones de mexicanos volvimos a decir, casi sin darnos cuenta: “¿Y si sí?”
Ojalá esa frase no se quede únicamente en una cancha de fútbol.
Ojalá también llegue a nuestras colonias, a nuestros barrios, a nuestras ciudades.
Porque los grandes cambios siempre empiezan exactamente igual.
Con alguien que, aun cuando todos los demás dicen que no se puede, decide responder con una sonrisa:
“¿Y si sí?”
