¿Y ahora de qué se va a quejar el naranja?

Hay una frase que suele atribuirse a Winston Churchill que dice que el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Siempre me ha parecido interesante.
Pero hace unos días pensé que también aplica para algunos políticos.
Hay quienes van de discurso en discurso con el mismo entusiasmo, aunque la realidad ya no les alcance.
Le cuento por qué.
Yo soy de Texmelucan. Aquí crecí, aquí camino sus calles y aquí escucho a la gente. Si algo tiene este municipio es que cuando las cosas están mal, nadie se queda callado. Los reclamos llegan al mercado, a la fonda, al café, al taxi y hasta a la fila de las tortillas.
Por eso recuerdo perfectamente cuántas veces escuché que la calle Pablo L. Sidar ya no podía esperar más.
Era una exigencia de años.
Hoy que finalmente se ha rehabilitado, pareciera que el problema ya no es la calle.
Lo mismo pasó con la Agustín Lara.
Y exactamente igual ocurrió con el bajo puente de Santa Catarina. Durante años, cada temporada de lluvias era la misma historia. Todos pedían una solución. Hoy que la obra está lista, pareciera que algunos simplemente cambiaron de tema.
Ayer se inauguró la calle principal de San Juan Tuxco, por fin después de muchos años de exigencia.
Y ahí fue cuando algo me llamó la atención.
No la crítica.
La crítica siempre será necesaria.
Lo curioso es que, sin importar la obra, siempre aparecen las mismas voces diciendo prácticamente lo mismo. Cambia la calle, cambia el puente, cambia la obra, pero el discurso parece salir del mismo libreto.
No sé usted, pero a mí esas casualidades me hacen levantar una ceja.
Hace más de quinientos años, Maquiavelo escribió que un príncipe no solo debía gobernar bien, sino también parecer que gobernaba bien.
Yo creo que hoy habría agregado otra línea.
También existen quienes necesitan que parezca que todo está mal, aunque las cosas empiecen a cambiar.
Y aquí entra el personaje de esta historia.
El eterno candidato Abraham Salazar.
Lo curioso es que todo viene de supuestas páginas de noticias o de medios identificados con su proyecto.
Porque durante mucho tiempo construyó su discurso diciendo que Texmelucan estaba lleno de baches.
Hoy cada semana se inaugura una calle más.
Después el discurso fue que no había obras.
Hoy las obras están a la vista de cualquiera.
Luego vino el tema del desorden y la ingobernabilidad.
Sin ser un municipio perfecto —porque ninguno lo es— muchos de esos temas dejaron de dominar la conversación diaria de los texmeluquenses.
Entonces la pregunta surge sola.
¿Y ahora de qué se va a quejar?
Porque hacer oposición es necesario.
Pero una oposición que se dedica a decir que absolutamente todo está mal, incluso aquello que durante años exigieron los propios ciudadanos, termina perdiendo fuerza.
No porque el gobierno tenga siempre la razón.
Sino porque la gente también tiene ojos.
La gente recuerda quién pedía que se arreglara una calle.
La gente recuerda quién pedía una solución para el bajo puente.
La gente recuerda quién exigía obras.
Y también recuerda quién hoy parece más molesto porque esas obras existen que porque durante años no existieron.
No estoy diciendo que este gobierno no tenga errores.
Claro que los tiene.
Todavía falta mucho por hacer y nadie puede sostener lo contrario.
Pero también me parece injusto negar los avances solo porque políticamente no conviene reconocerlos.
Al final, los ciudadanos no esperan gobiernos perfectos.
Esperan gobiernos que resuelvan problemas.
Y tampoco esperan una oposición que aplauda.
Esperan una oposición que proponga.
Porque cuando un político necesita que todo salga mal para seguir teniendo discurso, deja de representar una alternativa.
Se convierte en rehén de su propia narrativa.
Y eso, tarde o temprano, termina pasándole la factura en las urnas.
