No hay futuro en este negocio

Ayer, frente al juez, sin esposas, con visibles problemas de salud y a unos minutos de escuchar una sentencia de cadena perpetua, Ismael “El Mayo” Zambada tomó la palabra y leyó una carta. Independientemente de las interpretaciones políticas o jurídicas que puedan hacerse sobre ella, hubo un párrafo que me hizo detenerme:
“Durante muchos años, la violencia y el crimen han sido presentados como un camino de poder o éxito. Eso es una mentira. Mi vida es prueba de que ese camino termina en destrucción, cárcel o muerte… No hay honor ni futuro en este negocio del crimen.”
Qué ironía.
Tuvo que ser uno de los hombres más poderosos del narcotráfico mexicano quien escribiera, quizá demasiado tarde, una de las verdades más evidentes de nuestro tiempo.
Porque durante años se nos vendió otra historia.
Las series, los corridos, las redes sociales y, muchas veces, el propio entorno han construido un personaje casi heroico alrededor del delincuente. Camionetas de lujo, relojes caros, armas, mujeres, dinero fácil y una aparente vida sin límites. Para muchos jóvenes, especialmente aquellos que crecieron viendo cerrarse puertas mientras otros parecían abrirlas de golpe con dinero ilícito, ese camino deja de parecer peligroso y comienza a verse atractivo.
Ese es el verdadero triunfo del crimen organizado: no el dinero que genera, sino la capacidad de convencer a un adolescente de que ahí encontrará reconocimiento.
Y entonces aparecen frases que deberían preocuparnos profundamente.
“No me importa si me muero.”
Las escuchamos con una ligereza alarmante. Como si morir joven fuera parte del prestigio. Como si el miedo que generan fuera equivalente al respeto.
Pero no lo es.
Quien termina asesinado no se convierte en leyenda. Con el paso del tiempo deja de ser el muchacho alegre del barrio para convertirse en “el que andaba en malos pasos”. Su fotografía termina en una lona, en una cruz a la orilla de la carretera o en un expediente judicial. Su familia carga un duelo que nunca eligió y sus amigos, esos que prometían lealtad eterna, siguen con su vida.
No es recordado como un héroe, es recordado como un delincuente.
No hay gloria.
No hay honor.
Y, sobre todo, no hay futuro.
También debemos hacer una autocrítica como sociedad. Hemos educado a muchas generaciones para perseguir pequeños lujos antes que grandes logros. El automóvil antes que la profesión. El reloj antes que el conocimiento. El dinero inmediato antes que la satisfacción de construir algo propio.
Cuando el éxito se mide únicamente por lo que se puede comprar, el origen del dinero deja de importar para muchos.
Ahí comienza el problema.
Porque la delincuencia organizada ofrece precisamente eso: resultados rápidos. Lo que nunca muestra es la factura que cobra después. Una factura que casi siempre se paga con libertad, con la familia o con la vida.
Quizá por eso las palabras de esa carta resultan tan contundentes. No vienen de un académico, ni de un sacerdote, ni de un político. Vienen de alguien que conoció el poder que ofrece ese mundo y que termina reconociendo que todo era un espejismo.
Ojalá los jóvenes no esperen a comprobarlo por sí mismos.
Porque hay una verdad que ninguna serie, ningún corrido y ningún video en redes sociales podrá cambiar.
En este negocio, tarde o temprano, todos pierden. Y, como escribió quien probablemente tenía más autoridad para decirlo que cualquiera de nosotros:
No hay honor y no hay futuro.
