La oposición desaparecida: ¿Dónde quedó el contrapeso?
Por Alexis Da Costa

Hablar de oposición política en México es adentrarse en un terreno incierto. Más que una fuerza que equilibre el poder, parece una sombra difusa que se desvanece cuando más se le necesita. Su fragilidad no es solo producto de coyunturas recientes, sino de una crisis estructural que ha ido profundizándose con el tiempo, al punto de poner en duda su propia existencia como un actor relevante dentro del sistema democrático.
Los partidos que alguna vez representaron una alternativa real han perdido el rumbo. El Partido Acción Nacional (PAN), que en su momento desafió la hegemonía priista y logró encabezar gobiernos federales, hoy parece más preocupado por su propia supervivencia que por liderar un contrapeso efectivo. Su discurso se ha vuelto errático, sus figuras políticas carecen de un liderazgo sólido, y su capacidad de movilización social se ha visto mermada.
El Partido Revolucionario Institucional (PRI), que por décadas encarnó el poder absoluto en México, atraviesa su crisis más profunda. De ser el pilar del sistema político, ha pasado a ser un actor irrelevante, fragmentado y desacreditado por escándalos de corrupción y una identidad política que ya no conecta con el electorado. Su descenso no solo es reflejo del desgaste natural del poder, sino también de su incapacidad para reinventarse y responder a las exigencias de un país que ya no tolera las viejas prácticas políticas.
El Partido de la Revolución Democrática (PRD), que alguna vez representó la voz de la izquierda disidente, es hoy un vestigio de su propia historia. Su declive ha sido más que evidente: sin una base electoral sólida, sin liderazgo y sin una narrativa que lo haga relevante, su desaparición parece cuestión de tiempo.
En este contexto, Movimiento Ciudadano (MC) emergía como una posible alternativa, pero en lugar de consolidarse como una opción seria, ha optado por una estrategia ambigua. Se presenta como una tercera vía, diferenciándose de los bloques tradicionales, pero su discurso no logra trascender la retórica y convertirse en un proyecto de nación sólido. Si bien ha capitalizado parte del desencanto ciudadano, su crecimiento sigue siendo más circunstancial que estructural.
La ausencia de una oposición fuerte y organizada no es solo un problema partidista, sino un desafío para la democracia misma. Sin voces críticas capaces de cuestionar el ejercicio del poder, el debate público se empobrece, las decisiones gubernamentales se toman sin una deliberación genuina y el riesgo de que el sistema político se vuelva un monólogo permanente se vuelve más real.
El papel de la oposición no se limita a señalar errores o a oponerse por inercia. Su función esencial es construir alternativas viables, generar debate y representar a aquellos sectores de la sociedad que no se sienten identificados con el gobierno en turno. Para ello, necesita más que consignas y alianzas electorales circunstanciales; requiere visión de futuro, liderazgo sólido y propuestas concretas que vayan más allá de la simple resistencia al poder.
El reto, entonces, no es solo para los partidos políticos, sino para la ciudadanía en general. Un país sin oposición efectiva es un país sin equilibrio, sin contrapesos y sin la posibilidad real de corregir el rumbo cuando sea necesario. México no puede conformarse con una simulación de oposición. Necesita liderazgos que incomoden, que propongan, que desafíen, pero sobre todo, que entiendan que la política no es solo un juego de supervivencia electoral, sino una responsabilidad con el presente y el futuro del país.